Aquí, cuando andas por ahí, la gente normalmente ya nota que eres estrangero y te habla directamente en inglés. Las cajeras del supermercado, o los del (bendito) 7eleven cuando vas a las 4 de la mañana con cara de hambre. Es más, incluso a veces “te ven” la cara de español y directamente te hablan en castellano. El día de la recepción en el ayuntamiento, sin ir más lejos, fui con un belga a pedir más vino, y salió el camarero con dos botellas gritando orgulloso: “vino tinto”, en un casi perfecto castellano. Pero cosas de la vida, ayer, un día estresado que me pasé resolviendo burocracias de un lado a otro de la ciudad, en cuatro ocasiones me vinieron suecos a preguntar algo por la calle. Y mira que hay suecos (y suecas, no olvidemos a las suecas) rubios con cara de sueco por ahí. Pues no, a mí, con mis ojos negros y barba más negra todavía, me vienen a preguntar sabediosloqué en sueco. Y no una, sino hasta cuatro veces, cuando hasta ayer nunca me había dicho nada un sueco por la calle. Incluso me pare delante de un espejo a ver si llevaba algo en la cara y me estaban avisando de algo. Pero no…