Continuando con la crónica de viaje, llega el turno de Helsinki, capital de Finlanda, y puerto de destino del barco de Viking Line. El barquito, con unos dos mil y pico pasajeros, llegó a Finlandia a las 9 de la mañana. A una temperatura considerablemente baja, andaría por los -3 o -4, guardamos una larga cola para coger un taxi que nos llevara al albergue, el Stadium Hostel. Como su nombre indica está en los bajos del estadio olímpico, obra cumbre del funcionalismo finlandés. helsinkiEl caso es que queda bastante alejado del centro (y de todo en general), pero era el único con un precio asequible. Y problemón al llegar: no nos daban la habitación hasta las 3 de la tarde. Y nosotros casi sin dormir, congelados, y yo con poca sangre… Dimos pena en recepción durante toda la mañana, hasta que nos vino el hambre. Así aprovechamos y decidimos bajar andando hasta el centro. Otro disgusto más. Hacía un frío criminal, y estaba más lejos de lo que a priori parecía en el mapa. Pero bueno, de camino vimos la casa Finlandia, y el parque del centro con su laguito congelado, el Parlamento, la opera y la estación de tren. Llegamos muertos (literalmente) al centro, nos tomamos un cafe para reponer fuerzas, y continuamos para conseguir una bonita estampa nocturna de la catedral. A eso de las 6 de la tarde, nos fuimos al albergue a dormir. Y eso fue todo lo que hice en Helsinki. Por que no conseguimos levantarnos antes de las 11 el día siguiente, y a las 2 nos salía el barco para Tallin.

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Pero como resumen: Helsinki es una mezcla de estilo escandinavo y soviético. En todos los sentidos. En las calles, en los edificios, en las caras de la gente. Allí no se respira el ambiente de riquieza de Suecia, ni tampoco se caen los edificios a cachos como en según que zonas de Rusia. Es una ciudad pequeña, y no tiene nada especialmente destacado, excepto la catedral y su plaza. Conclusión: si te queda de camino pues siempre está bien ver la capital de un país. Pero no hagas un viaje a propósito para ver Helsinki, por favor.