Tras meses de ataques piratas, y tras la inutilidad demostrada de la presencia de barcos de guerra en la zona, gran parte de la flota privada mundial, tanto de pesca como mercante, decide contratar mercenarios que defiendan la cubierta de sus barcos utilizando material de cuando menos dudosa procedencia. Los gobiernos, desbordados por la presión popular y la fuerza de las grandes navieras, hacen la vista gorda y hasta aprueban leyes que los amparan. Mientras, las hambrunas y la esperanza de un jugoso rescate por el botín, hace de la piratería en el Índico un negocio cada vez más apetecible.

La tripulación, resignada, acepta. El mar es duro. Mejor convivir con un paramilitar de moralidad reprochable que acabar muerto en las costas de Somalia o en el paro con el barco desguazado en algún puerto de la India o Bangla Desh, alimentanto de acero a buen precio una precipitada revolución industrial en China.
Podría ser el siglo XVIII, cuando la Verenigde Oostindische Compagnie, una auténtica megacorporación, tenía su propio ejército de 10.000 soldados, 40 barcos de guerra y potestad para declarar la guerra a un país. O un siglo XXII ala Mad Max. Pero ya a nadie le parece raro que los piratas que aparecen en las portadas de los periódicos no sean de Silicon Valley. O Johnny Depp


